¿Visualizar el éxito o el fracaso? ¿Son tan diferentes realmente?

Las condiciones del éxito no se dan: se construyen. El éxito no se ansía: se descubre -en el análisis diario, en la proyección, en la emanación constante.
La materia prima del éxito es el fundamento: esto sí se construye con trabajo. El principio de realidad nos indica el camino: todo lo que puede ser, de alguna manera, ya es. Descubrir significa discriminar la ferralla del metal precioso. Debemos alejar en nosotros la ansiedad del instinto. La ansiedad nos expone al peligro: el instinto nos da herramientas para combatirlo.

Te ganará alguien que ha trabajado menos que tú: esto no te hace peor. Ganarás a alguien que ha trabajado más que tú: esto no te hace mejor. Son las reglas del juego.
El deporte sustituye la guerra estilizándola. La guerra es una compulsión, un éxtasis de corrupción. El deporte es una sofisticación en la que la violencia se transforma para no ser ejercida. Pero existe, en su raíz, una violencia, un miedo y un instinto que deben ser explorados.

No te alegres si tus rivales fracasan. Un día serás tú. Tampoco restes valor a tus méritos aunque el fracaso del rival esté implicado. El fracaso es parte de la victoria, por eso todas las victorias son un poco amargas -para el que entiende esto. El que se exalta sobremanera en la victoria estará fuera del juego dentro de poco: no ha entendido el deporte, ha decidido ignorar lo esencial.
La competitividad reside en esto y solo en esto: ganar y perder con la misma entereza.
Un entrenador no aumenta la presión: la enciende. Un entrenador no reduce la presión: la filtra. Un entrenador no se pone en el centro: elimina el ruido y las trampas. Un entrenador no se esconde: marca la distancia, es la línea que separa el afuera y el adentro. Un entrenador no tiene prisa: acelera cuando es necesario. Pero sobre todo, un entrenador nunca echa el freno: distribuye, reordena y agiliza. Aunque haya dos cabezas que piensan y viven el proyecto, solo están las agallas y el coraje del atleta. Esa energía es la que se transforma en objetivos y resultados.

La ambición no bebe del deseo, sino del hambre. El miedo se reestructura para convertirse en vértigo. Siempre hay vértigo ante el éxito. También para eso hay que estar preparado,
de la Cruz
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