Gimnasios de power: riesgo de intoxicación

No todos son tus aliados, no todos quieren que te vaya bien, no todos están ahí para aportar -incluso los aplausos y los halagos son muchas veces el enemigo.

A día de hoy, el powerlifting en nuestro país es todavía un pseudo deporte: sin reconocimiento, sin apoyo público, sin centros de alto rendimiento. El desarrollo de su comunidad ha propiciado que muchos entrenadores y aficionados decidan abrir sus propios centros especializados. Sin embargo, hay un elemento fundamental que escasea en la mayoría de estos gimnasios por su difícil y delicada implementación: la neutralidad.

A día de hoy los gimnasios de powerlifting son un mercado de intereses individuales que se cruzan e imponen libremente: cada entrenador tiene sus intereses, cada atleta tiene su entrenador -que también tiene intereses-, cada grupo tiene aliados y enemigos. Los gimnasios de powerlifting tienen más de centro social que de centro de alto rendimiento porque, en su mayoría, carecen de una neutralidad claramente establecida, de unos códigos de conducta y unos tiempos de entrenamiento marcados. Por supuesto, las jerarquías también brillan por su ausencia.

No hay nada excepcional en esto, en todos lados cuecen habas. Que haya marujeo y ociosidad es lo más normal en cualquier actividad grupal, tampoco hay que llevarse las manos a la cabeza. Sin embargo el problema escala hasta la toxicidad cuando este tribalismo domina en entornos deportivos de alta exigencia y presión. La energía es sutil y se transfiere poco a poco, en gestos pequeños, en comentarios aislados, en la frustración llevada al drama y al exhibicionismo. El gimnasio es un espacio de productividad y compromiso. Ya hay suficientes recursos al alcance de la mano para exhibir la mediocridad como para pervertir también el espacio y la atención de otros atletas -a no ser que sea esto lo que se busque, extender la mediocridad como una plaga para que ninguno crezca más que nosotros…

Estoy seguro que más de uno puede identificarse con esto: los gimnasios de powerlifting están abarrotados de ruido mental. Las envidias, la adulación, los personalismos y la falta de neutralidad generan una contaminación energética que muchas veces resulta insoportable, y sobre todo, incompatible con una práctica deportiva que requiere un estado de presencia y una atención totales. Quizás una reflexión sobre estos entornos nos ayudaría a entender la altísima tasa de abandono, y un problema quizás mayor: la altísima tasa de resignación, la falta de gozo en la práctica de un hobby a priori deliberadamente escogido.

No es cuestión de buscar culpables, sino más bien de detectar este problema y de instar a los atletas más experimentados y más conscientes a hacer de ejemplo. En un deporte tan poblado de novatos y con una masa de “acomodados” tan grande, es normal que la ignorancia y el derrotismo tomen la voz cantante y se hagan con el control de la sala. Más aún cuando la mayoría de atletas experimentados precisamente perduran y evitan esta contaminación creando una burbuja que les proteja. Ahí dentro son capaces de conservar energía y atención, filtrando todo lo exterior y extrayendo lo esencial para mantener su centro intacto. Su ejemplaridad muchas veces casi ni se percibe, tiene más que ver con actos que con palabras, y demasiada gente en nuestros gimnasios presta más oídos a palabras que a los actos.

Compartimos espacio, material, movimientos, rituales. Sin embargo, las motivaciones y los fundamentos son singulares y únicos en cada caso. Tendemos a pensar que algo nos une a una persona que practica nuestro mismo deporte, aunque la distancia entre sus fundamentos y los nuestros sea insalvable. Esa aparente unión legitima tácitamente sus discursos y sus quejas, por ósmosis: validamos el discurso de un igual porque lo percibimos como igual. Es aquí donde desaparece cualquier filtro y acabamos integrando elementos que nos son ajenos hasta hacerlos nuestros.

Hay gente que practica este deporte como quien va a una clase de pilates o a una pachanga de pádel los domingos. No está mejor ni peor, pero debe ser analizado y puesto en valor. Si nuestra ambición supera la de nuestros compañeros de entreno, debemos marcar una línea que separe también sus fugas y sus debilidades para que no interfieran con nuestros objetivos. Ésta es la pared que separa a muchos “intermedios” o acomodados de llevar su rendimiento al siguiente nivel. Sin acritud, sin mala sangre ni arrogancia, debemos trazar ese límite y ese filtro desde la neutralidad, desde la pasión y el compromiso que nos mueve para que sirva de inspiración y ejemplo a aquellos novatos que, por falta de experiencia, son mucho más vulnerables y tienen más papeletas de caer en la frustración en etapas todavía tempranas del desarrollo. El momento en que levantamos este muro sirve irreversiblemente de espejo para los que quedan del otro lado. No os asustéis si percibís rechazo o distancia entonces: no todo el mundo quiere tener esa constatación de sus faltas, de su frágil autoestima, de la inercia endeble que les mantiene donde están, anclados,

De la Cruz

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