La danza del funambulista

A través del entrenamiento refinamos no solo nuestros movimientos y nuestra capacidad de
expresar con solvencia nuestra fuerza máxima. Tambien refinamos la atención, los reflejos, la anticipacion y, sobre todo, la capacidad de reconducir un escenario improductivo. En el entrenamiento, el rival es un fantasma. Ni siquiera somos nosotros mismos: esto sería redundante aunque se haya repetido hasta la saciedad.

Somos nuestro primer aliado, nunca el rival a batir. La lógica egocéntrica por la cual el powerlifting es una pelea constante del Yo contra sí mismo acabaría vaciando hasta el último fondo energético que tengamos. No se puede beber de la fuente en la que se escupe.

Ese fantasma es la posibilidad, la Potencia que diría Aristoteles: nuestro trabajo es ser capaces de identificar con precisión esa Potencia y ponerla en Acto a través de nuestras habilidades. Sobreestimar el alcance de esa Potencia, aunque sea un error de novato, es el error de novato por el cual muchos atletas que consideramos avanzados acaban cayendo en la trampa del Ego.

La trampa del Ego no es la arrogancia, ni la autoestima, ni mucho menos la ambición. Sin estas cualidades solo podemos chapotear en la inercia. La trampa del Ego es que nos ofrece veneno como si fuese alimento aprovechando flaquezas de nosotros mismos que desconocemos.

«La potencia es el principio del cambio en otro o en cuanto otro; el acto es la realidad de lo que existe en potencia, en cuanto que está en acto.» Aristóteles

Esta trampa del Ego, bajada a tierra, no tiene tanto que ver con parámetros cuantificables
vinculados a la fatiga, el sobreentrenamiento o la interferencia. Tiene que ver con nuestra
capacidad para fracasar una y otra vez, con saber vivir en esa tensión, en ese límite. Un atleta que quiera explorar constantemente ese límite de la Potencia debe estar preparado para fracasar, o lo que es lo mismo, debe tener las herramientas para integrar ese fracaso como estrategia y crecer a partir de él.

No hay camino correcto en abstracto, mucho menos en un deporte que, a día de hoy, todo lo que nos aporta tiene más un peso espiritual y de desarrollo personal, lejos aún de ofrecer oportunidades económicas o laborales reales para los atletas.

Cada sesión de entrenamiento está escrita desde que ponemos un pie en el gimnasio. Para alcanzar el límite de la Potencia sin sobrepasarlo necesitamos un grado de atención máximo, más aún si consideramos que en powerlifting las oportunidades que tenemos son muy limitadas y vienen rigurosamente pautadas y adscritas a una carga o esfuerzo delimitado con precisión. Ahí empieza la danza macabra del funambilista sobre la cuerda. El fantasma está en la sala.

Es difícil hacer entender a los atletas poco experimentados que, más que los kgs en la barra, lo que mueve desde abajo el progreso y lo primero que deben desarrollar es la capacidad de afrontar cualquier serie con la intención y la garra con que afrontarán, eventualmente, un tercer intento en el que se jueguen un puesto, sea el que sea. El cuerpo no distingue si hay cinco kilos más o menos en la barra, pero sí se adapta al grado de intensidad, a la capacidad de coordinar los gestos que producen en cada momento la fuerza precisa.


Muchos atletas utilizan el entrenamiento para consolidar ciertos números y con ello creen disipar la incertidumbre. Protegen una cuota segura de autoestima desde la cual proyectan el escenario ideal. Sin embargo, el motor, el fantasma, es ese escenario ideal con el que secretamente sueñan y en el que finjen creer a pies juntillas. Un tejado frágil acaba por viciar cualquier estructura, hasta los cimientos. Muchas veces no lo verbalizan, pero están en diálogo constante con su proyección y no con ellos mismos.

¿Estoy más cerca o más lejos que la semana pasada? ¿Es suficiente esta carga a este rpe? ¿Y si meto dos kilos más y le bajo un punto de rpe? Y como dije antes, no hay camino correcto. Un buen árbol es aquél que da frutos, pero hay que plantar la semilla, regarla a conciencia y esperar. De nada sirve jugar a predecir si dará o no los frutos que deseamos. Por eso la fe es esencial cuando el enemigo es invisible. Porque un día ese enemigo, ese rival, tendrá cara y ojos, y nombre, y unas habilidades que conocemos solo de manera parcial. Y en ese momento solo tendremos lo que hayamos construido, no lo que hayamos anhelado,

De la Cruz

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